Fact and fake confusion

El Ministerio de la Verdad

Parece conveniente revisitar estos días el escalofriante retrato de la sociedad totalitaria que George Orwell nos mostró en su novela 1984. La crudeza y extensión de semejante sociedad deshumanizadora no se ha realizado nunca de manera tan pura en la historia de la Humanidad. Por eso es una novela de ficción, que responde bien a la definición de “distopía” que ofrece la RAE: representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana.

En 1984, entre los organismos encargados de mantener ese total sometimiento del ser humano, uno fundamental es el Ministerio de La Verdad, abreviado como “MiniVer” en la neolengua del Régimen. Este Ministerio es el encargado de controlar y administrar la verdad, según el criterio establecido por el Partido único y gobernante. En sus instalaciones, legiones de funcionarios se dedican a reescribir los hechos para acomodarlos a la interpretación “correcta”, que es la decidida por el Partido omnipotente. Una labor esencial para la perpetuación del sistema, que se realiza… por el bien de los ciudadanos, claro. Las intoxicaciones que son consideradas como falsas por el poder político son eliminadas, y se ejerce un control absoluto sobre las fuentes de información. Los disidentes son perseguidos sin piedad, y de su represión, a base de torturas físicas y psicológicas, se ocupa el Ministerio del Amor (“MiniMor”, en neolengua).

Neologismos en el lenguaje para limitar el pensamiento racional y el espíritu crítico... Rasgos todos ellos de una sociedad totalitaria, contados en una novela de ficción distópica.

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Pero este MiniVer no sólo se ocupa de reescribir la historia y de impedir informaciones contrarias a las consignas del Partido. Su objetivo final consiste en el control del pensamiento mismo de sus conciudadanos. Por ello, el control de la información, la limitación del derecho a la libre expresión o de reunión son sólo parte de su tarea. Para lograr reconducir el pensamiento de los ciudadanos el MiniVer cuenta con una “Policía del Pensamiento”, que se encarga de vigilar las reuniones, movimientos y manifestaciones de toda la ciudadanía. Los esfuerzos de esta policía política se encaminan en última instancia a perseguir los “crímenes mentales” (crimental, en neolengua)... Siempre para proteger a los propios ciudadanos de sí mismos, claro. Además, el MiniVer es responsable del desarrollo de una “Neolengua”: una manera obligatoria, limitada y reducida de referirse a la realidad, siempre coherente con las verdades oficiales. Un lúcido lingüista encargado de esta tarea le confiesa al protagonista de la novela, Winston Smith, la intención última de este programa:

“¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente?”

Verdad oficial obligatoria. Reescritura de la historia y del relato de los hechos. Control de información y opiniones contrarias al Régimen. Policía del pensamiento vigilando a los ciudadanos. Neologismos en el lenguaje para limitar el pensamiento racional y el espíritu crítico... Rasgos todos ellos de una sociedad totalitaria, contados en una novela de ficción distópica.

Entretanto, nos desayunamos en la vida real con las noticias de que un general de la Guardia Civil afirma que tienen como línea de trabajo “minimizar ese clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno”; que nuestros derechos y libertades fundamentales siguen limitados; que la Fiscalía se dispone a perseguir penalmente algunas informaciones -no todas- que sean consideradas -no se sabe muy bien con qué criterios- “bulos”; que instituciones del Estado como el CIS, antaño prestigiosas, realizan preguntas tendenciosas y condicionadas para sondear la necesidad de que haya una única fuente -la oficial- de información; o que canales públicos como RTVE crean espacios de verificación donde se dictamina lo que es verdad y lo que no. En suma: un impúdico intento continuado por controlar el “relato” de los hechos que llegan a la opinión pública.

“Julia nunca discutía las enseñanzas del Partido a no ser que afectaran a su propia vida. Estaba dispuesta a aceptar la mitología oficial, porque no le parecía importante la diferencia entre verdad y falsedad…” (1984, George Orwell)

La sociedad distópica descrita en 1984 es una ficción, pero también un espejo para juzgar nuestra realidad inmediata... ¿Cuánto estamos permitiéndonos avanzar en la dirección liberticida? Esta novela, más allá de lo cercana o alejada que cada uno quiera juzgarla en relación a lo que estamos viviendo, encierra una enseñanza importante: llegamos a esas inhumanas sociedades renunciando a defender nuestras libertades sencillas y ordinarias. Poniéndonos de perfil ante las tendencias totalitarias participamos, aunque sea involuntariamente, en la corrosión de nuestra democracia y la anulación de nuestras libertades políticas. Si no denunciamos enérgicamente estas tendencias cuando comienzan a aparecer, si no somos exigentes para sofocarlas, nos hacemos cómplices de la degradación del sistema. Este “observar en silencio desde la barrera”, que ya harán otros algo, es la actitud con la que describe el protagonista orwelliano a su amante:

“Julia nunca discutía las enseñanzas del Partido a no ser que afectaran a su propia vida. Estaba dispuesta a aceptar la mitología oficial, porque no le parecía importante la diferencia entre verdad y falsedad…”

No podemos aceptar de ningún modo que nuestro derecho a buscar la verdad y afirmarla quede limitado, ni siquiera en tiempos de crisis. O nos haremos cómplices necesarios del hipotético triunfo de un Ministerio de la Verdad. Si es que todavía no existe.

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